
Vivimos un tiempo donde el ruido le ganó terreno al sentido. En la política, en lo social y también, en lo cultural, en lo artístico, en lo musical. Se premia lo inmediato, lo provocador, lo grotesco; no porque diga algo verdadero, sino porque ‘llama la atención’. Y eso no es casual. Cuando se vacía el contenido, es más fácil manipular, distraer y anestesiar. Así siento a la sociedad actual. Desde lo personal, me refiero a lo artístico y musical, porque me afecta directamente con tristeza y dolor. El arte debería ser refugio, belleza, pensamiento y emoción compartida, aunque hoy, muchas veces, queda reducido a mercancía rápida, a slogan pobre y a letra sin alma. No es que falte talento, al contrario, existe y mucho, pero falta cuidado, profundidad y respeto. Y eso genera una sensación de intemperie para quienes creemos, por ejemplo, que la música, todavía puede abrazar las almas, incomodar con elegancia o decir verdades sin gritar. Yo soy un baladista que canta temas simples, discretos, sinceros, sin ninguna otra pretensión más que hablar del amor que nos atraviesa a todos, en menor o mayor medida, abordando la música desde la modestia y la sencillez. La sensibilidad que me acompaña desde siempre, hace que me sienta apenado por esta realidad y vislumbro que la mediocridad puede producir más ruido, pero no es mayoría (aunque nos vendan lo contrario); que el mal gusto se exhibe masivamente, pero no representa a todos (aunque nos quieran hacer creer que sí) y que lo verdaderamente auténtico no desaparece (aunque se vuelva más silencioso y más necesario). Sé que compartir una reflexión propia no va a cambiar el mundo, pero le puede dar otro aire a quien la lee y eso, para mí, ya es muchísimo.
