
Siento la tristeza y la frustración que siente cualquier hincha cuando ve escapar el sueño de salir campeón del mundo a tan pocos minutos del final. Sería hipócrita decir otra cosa. Duele mucho porque Argentina estuvo peleando hasta el último aliento, después de siete partidos, donde dejó el alma en cada jugada y justo, en el octavo y último encuentro, el cansancio y desgaste físico, hicieron que no pudiera lograr el objetivo de la cuarta copa mundial. Y hay algo que duele casi tanto como haber perdido, es la deshonestidad intelectual de quienes pasaron semanas intentando convencer al mundo de que Argentina no ganaba por mérito propio, sino por supuestas ayudas, arreglos o privilegios imaginarios. El seleccionado argentino protagonizó una campaña extraordinaria; remontó encuentros que parecían perdidos, desafió el agotamiento, las lesiones y la lógica. Llegó a la final, después de un desgaste físico enorme con un día menos de descanso que España y con jugadores que terminaron prácticamente, sostenidos por el orgullo y el amor por la camiseta. Aun así, luchó hasta el último segundo. Resulta indignante escuchar y ver a los que construyeron relatos miserables sobre supuestos favoritismos de árbitros y FIFA sin una sola prueba concreta, evidenciado por los mismos partidos que demostraban todo lo contrario. Todos los que se montaron a esa caravana de malintencionados, confundiendo el análisis con la difamación, se merecen que los ignoremos. Me refiero a periodistas operadores y seguidores de distintos países que se dejan arrear como ovejas de corral, repitiendo sistemáticamente, las falacias instaladas. Argentina remontó partidos que parecían perdidos, resistió momentos dramáticos, jugó al límite de sus fuerzas y llegó a la final dejando el alma en el camino, y eso lo vieron millones de personas por televisión. Y ahora que la final se perdió, muchos de estos mismos personajes siguen burlándose, despreciando y atacando. Nunca les interesó la verdad. Si Argentina ganaba, era porque estaba favorecida; si pierde, es motivo de celebración. Así de simple y así de pobre. Es la mezquindad de quienes viven pendientes del fracaso ajeno para compensar sus propios resentimientos. Me quedo con estos jugadores que nunca bajaron los brazos, me quedo con Messi dejando hasta la última gota de energía y me quedo con Scaloni y todo el equipo técnico con su dignidad de haber peleado hasta el final luchando de frente. Todos los demás, que hablan y hablan, fueron quedando afuera, uno por uno. La copa quedó en manos de España que, con su juego en equipo, medido, moderado y simple, logró el objetivo tan ansiado. Las finales se ganan o se pierden. Lo que no se pierde es el respeto que se gana en la cancha y Argentina, se ganó el respeto de los que valoran el esfuerzo, la honestidad y la grandeza deportiva. El orgullo de ser argentino permanece más vivo que nunca. ¡Gracias, muchachos!

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