
Me duele la división, me preocupa y no me gusta el tono agresivo que se ha naturalizado y me entristece ver cómo el odio parece convertirse en herramienta política y social, que se transmite a un segmento de ciudadanos que imitan ese proceder desequilibrado y despótico. No creo en el insulto como forma de construcción. No creo en la descalificación permanente hacia quienes piensan distinto. Creo en el respeto, el diálogo y la responsabilidad que implica gobernar y también, opinar. Como artista, llevo 42 años construyendo un vínculo afectivo con mucha gente que ha compartido mis canciones dentro y fuera de Argentina, me siento privilegiado por eso, más allá de gustos y pareceres; ese vínculo se sostuvo siempre en la honestidad, en el trabajo y en el amor por lo que hago. No sería coherente de mi parte callar lo que siento y me atraviesa cuando veo que el clima social se vuelve cada vez más áspero y confrontativo. No hablo desde el enojo, sino desde la preocupación, no me expreso desde la agresión, sino desde la convicción. Me gustaría vivir en una Argentina donde podamos pensar distinto sin destruirnos, donde las nuevas generaciones entiendan que la firmeza no necesita violencia y que la pasión no necesita odio. La diferencia de ideas no convierte a nadie en enemigo. Una Democracia madura no puede construirse desde la exclusión, desde el desprecio, ni desde la humillación hacia la mitad del país que piensa distinto. Cuando la agresión se vuelve costumbre desde los lugares de poder, el daño no solo es político, es también, cultural y generacional. La historia ha demostrado que los momentos difíciles no son eternos y confío en que como sociedad encontremos un camino más justo, más humano y más equilibrado. Esa esperanza no es ingenuidad, es una decisión consciente de no resignarme a la oscuridad. Tengo hijos. Y más allá de cualquier coyuntura política, quiero transmitirles la importancia de la convicción y los principios; que me vean sostener los valores con dignidad, sin putear, sin agredir, pero sin arrodillarse ante lo que considero injusto. Que me duela el país que vivimos no me vuelve débil, me vuelve comprometido desde mi humildísimo lugar artístico y en lo personal, como ciudadano, me acerca a la conciencia social, a la sensibilidad y a pensar que no todo está perdido cuando el pueblo reflexiona y actúa en consecuencia.

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