
Desde hace un largo tiempo a esta parte, he ido analizando y procesando pensamientos subjetivos que me provocan diferentes sensaciones, mezclando la reflexión aplomada, el entendimiento de muchas cosas que antes no atendía, la angustia introspectiva, la impotencia ineludible y una especie de molesto inconformismo que me hacen sentir incómodo, mortificado y disgustado a la vez. Quizás es raro de entender lo que me pasa porque los sentimientos existenciales no son fáciles de transmitir; mucho más cuando gran parte de la sociedad que coexiste con uno tiene sus propios problemas, enigmas y obstáculos. Compartir lo que se piensa en estas épocas convulsionadas a nivel social, político y económico, no es simple, tampoco cómodo, porque todo se entrevera, todo se confunde y todo se toma según el posicionamiento o la ideología de cada uno. No pasa por ahí mi planteo. Publicar, hoy, en las redes sociales lo que se cree o se razona, es un mecanismo que la tecnología nos entrega para no sentirnos tan solos, en cierta forma, ya que el hecho de que otros lean lo propio, puede generar algo más en el que lo recibe. Hay días en los que siento que camino por un mundo que no termino de comprender mucho. No hablo desde la nostalgia, ni desde el rechazo a los cambios. La vida va mutando, las sociedades evolucionan, otras veces involucionan, y cada generación encuentra su propia manera de expresarse. Lo que me inquieta como ciudadano y también, como artista, es que, en muchos aspectos, los valores se han vuelto confusos y que el respeto, la profundidad y la autenticidad parecieran haber perdido espacio frente a la urgencia de llamar la atención. No juzgo a quienes eligen recorrer ese camino; simplemente siento que no es el mío, y por momentos, es sentir una marginación no deseada, pero casi obligada. Sin embargo, sigo creyendo en lo mismo que me acompañó toda la vida: en la dignidad del trabajo, en el respeto por los demás, en la música hecha con honestidad (guste o no) y en la posibilidad de decir lo que uno piensa sin necesidad de gritar, ni agredir. Tampoco hace falta mostrarse a los demás, como alguien que no se es. Siempre rechacé la hipocresía. Escribo esto porque necesito ser fiel a lo que pienso y porque dada la cruda realidad que tenemos, me incomoda la superficialidad, la falta de compromiso, la pérdida de respeto y la sensación de que, muchas veces, el mérito queda relegado por la búsqueda desesperada de visibilidad. No pretendo convencer a nadie de nada. Solo quiero seguir siendo la misma persona que fui siempre, aun cuando el universo parezca premiar exactamente lo contrario.

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