
La hipocresía de ciertos sectores del periodismo, la televisión, la radio, los streamings, los diarios, los portales de internet y el medio en general han convertido el odio, la descalificación y el insulto en una forma habitual de comunicación y, al mismo tiempo, se presentan como los grandes guardianes de la moral, de la verdad y de lo que está bien o está mal. Desde el poder se insulta, se degrada y se señala permanentemente al que piensa diferente y una parte importante del periodismo no solo acompaña ese discurso; muchas veces lo amplifica, lo justifica y hasta lo convierte en espectáculo. No sé cuánto habrá de conveniencia, cuánto de convicción y cuánto de intereses económicos, pero sí sé algo: el odio no deja de ser odio, más allá de quien lo ejerce, tenga un micrófono, una cámara o un título de periodista. Yo nunca necesité odiar a nadie para defender mis ideas. Puedo disentir, puedo ser duro, puedo cuestionar y hasta puedo enojarme, pero hay una diferencia enorme entre tener convicciones y hacer del odio una bandera. Quizás, lo más hipócrita de todo sea que quienes todos los días ofenden a quienes no piensan como ellos, pretendan, después, darnos lecciones de moralidad. No hablo de todo el periodismo, ni quiero caer en la comodidad de la grieta. Hablo de un segmento perfectamente identificable, que acompaña, justifica y reproduce el discurso que hoy se emana desde el poder en Argentina. Un discurso que muchas veces transforma al que piensa diferente en enemigo, que naturaliza el insulto y que pretende instalar una única manera de interpretar la realidad. Lo más preocupante es que algunos de quienes reciben ese discurso, terminan repitiéndolo sin siquiera cuestionarlo, como si fuera una verdad revelada. Y ahí aparece otra forma de hipocresía: quienes bajan línea se presentan como dueños de la verdad, y quienes la repiten, terminan creyendo que pensar distinto es estar equivocado. Pero no son dueños de la verdad. Nadie lo es. Porque al final, cuando se apagan las cámaras y queda solamente la conciencia de cada uno, la pregunta es muy sencilla:¿estamos pensando por nosotros mismos o simplemente estamos repitiendo lo que alguien decidió qué se debe pensar?

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