
Dicen que los domingos suelen despertar la nostalgia. Y hoy me encontré viajando, sin moverme de casa, hacia aquellos años en los que mis padres, mi hermano y yo, muchas veces, salíamos a almorzar, recorríamos Buenos Aires en el auto y disfrutábamos de esas pequeñas cosas que, con el tiempo, uno descubre eran inmensas. Hoy extraño a mis viejos; extraño sus voces, sus sonrisas, su compañía, y por encima de la añoranza, agradezco el inmenso amor que me dieron, que nos dieron junto a Lucky, que por entonces era un ‘gurrumín’ llenando de ternura esas salidas familiares. Verlo crecer, compartir aquellos momentos, contemplarlo, hoy, un padre amoroso con mi sobrina y sentirnos unidos, es otro hecho que reconozco con gratitud a la vida; reconociendo siempre los valores que nos transmitieron y el amor que nos dieron ellos. Los recuerdos no siempre traen tristeza, muchas veces son la forma que tiene el corazón de volver a abrazar a quienes nunca dejarán de estar presentes. Comparto este sentimiento porque últimamente trato de exteriorizar lo que me pasa y, quizás, de esa forma, acompaño a alguien que, también, experimenta lo mismo y no se siente solo en la evocación. Los años me han hecho saber que los recuerdos no son un refugio para quedarnos en el pasado, sino una manera placentera de agradecer lo vivido. Por los buenos padres que hemos tenido.

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