
Ayer hubiera cumplido años mi viejo y cada vez que llega esta fecha me sucede algo difícil de explicar. No es solamente recordarlo; es volver, aunque sea imaginariamente, a esa relación tan firme y trascendente que tuvimos. Yo tenía 25 años cuando murió, y él, apenas, 60. Éramos padre e hijo, pero también éramos amigos; había entre nosotros una confianza, un cariño y una complicidad que con los años aprendí a valorar todavía más. Después de tantos años, no necesito idealizarlo para extrañarlo. Recuerdo al hombre que fue con sus virtudes y defectos, sus enseñanzas y consejos, y, también, con las pequeñas cosas cotidianas que hoy, justamente, por ya no estar físicamente, adquieren otro significado más preciado. Mucho de lo que soy, lo construí a su lado. Me dejó valores, códigos, una manera de enfrentar la vida y, sobre todo, entender que querer a alguien, también, significa acompañarlo, escucharlo y compartir los buenos y malos momentos. Hay personas cuya ausencia se miden en años, la de mi papá, no, porque existen vínculos que el tiempo no termina de convertir en recuerdo: siguen formando parte de uno. Hubiese cumplido años y quiero, simplemente, compartirlo en mis espacios cibernéticos, porque, más allá de extrañarlo todos los días, publicar una foto suya, no es solo para hablar de su ausencia, sino es mantener viva su presencia para quienes lo conocieron y para los que no, presentarles una parte esencial mía.

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