MOTIVO

Espacio dedicado a toda clase de comentario libre y espontáneo, despojado de intereses de cualquier tipo (y mujer)

lunes, 23 de agosto de 2010

HUGO GUERRERO MARTHINEITZ










A veces, la vida nos lleva por caminos que nunca imaginamos transitar, regalándonos momentos, hechos y circunstancias que nos satisfacen en plenitud y otras, la misma vida, hace que recorramos senderos que no siempre son los mejores ni los más queridos.
Hugo Guerrero Marthineitz, falleció el sábado pasado (20 de agosto)en el Hospital de Clínicas de la ciudad de Buenos Aires.
Peruano, locutor, conductor, creador de un estilo único dentro de la radiofonía, que tenía ochenta y seis años y se encontraba en una situación personal muy difícil, ya que una serie de sucesos desafortunados, lo llevaron a quedarse literalmente en la calle. Perdió todo, su departamento, sus equipos de audio, sus discos, sus libros, su ropa... todas sus cosas materiales. Por suerte, no había perdido sus afectos más cercanos, el de sus hijos, que a pesar de su particular forma de ser y su especial e inestable humor, no lo abandonaron, por lo menos que yo sepa fehacientemente, su hijo Diego Guerrero, también locutor, músico y muy contemplativo con su padre, lo apoyó en el mejor sentido abarcativo de la palabra, desde lo económico hasta lo personal, desde lo comprensivo hasta lo irascible, desde lo inexplicable para los de afuera hasta lo naturalmente amoroso para los más cercanos. Y aclaro todo esto porque hace unos meses, cuando se había difundido la noticia de que “el negro” Marthineitz estaba viviendo en la calle, yo expresé algunas reflexiones al respecto y decía que no encontraba explicación a que un hombre con una vida recorrida, con varios matrimonios en su haber, con amigos, muchos o pocos, no importa, que habrán compartido infinidad de momentos a lo largo de su trayectoria con él, haya llegado a dormir en la calle por no tener un lugar donde ir. Diego, su hijo, tuvo la amabilidad y deferencia de explicarme algunas cosas personales que no vienen al caso hacerlas públicas, ya que él nunca quiso hacer de ese triste tema, algo mediático. No sé cuáles eran puntualmente las características de su personalidad y tampoco es mi interés, inmiscuirme en algo tan íntimo como eso, pero sí intuyo que no habrá sido nada fácil acompañar desde el cariño a tan particular ser humano.
Por supuesto que me produce mucha tristeza su partida física y en aquél momento, en cierta forma, me produjo angustia el saber que un hombre que además de haber sido uno de los más grandes referentes de la radio, estaba pasando por semejante situación extrema.
Hacía mucho que no lo veía, hacía mucho que había sido amigo de mi padre, fallecido hace 21 años, hacía mucho que “El show del minuto”, programa que marcó toda una época en nuestra radiofonía, que él conducía y mi padre produjo en distintas épocas, no salía más al aire, hacía mucho que yo había pasado junto a él, al querido Diego, su hijo mayor y la madre de éste, algún que otro verano en Mar del Plata junto a mis padres, hacía mucho que su ciclo televisivo “A solas” había dejado de realizarse, hacía mucho que no se lo llamaba “el peruano parlanchín”, sobrenombre con el que se lo identificaba popularmente y hacía mucho que no se “escuchaban” sus eternos silencios radiales que provocaban sorpresa y admiración en sus oyentes. Era astuto, sobrador, cínico, inteligente, irónico, sutil y sus contragolpes dialécticos penetraban como estiletazos en el aire radial. Amado y odiado por igual, siempre hizo lo que se le cantó. Le gustaba leer, pensar, trabajar y gozar del silencio; nunca le importó tampoco lo que dijeran sobre él y haciendo gala de su apellido, Guerrero, fue un hueso duro de roer: salió airoso de un cáncer, le hizo un corte de mangas a un ataque de divertículos, se mantuvo erguido después de un accidente de tránsito y zafó de una operación de columna. Con esa particular voz gruesa, la dicción envidiable, una personal carcajada explosiva y un estilo periodístico que rompió moldes, el Negro Hugo Guerrero Marthineitz marcó un antes y un después, especialmente en la radio.
Hace mucho también que nuestra sociedad perdió sensibilidad y quizás es tema para otro análisis más profundo, en otro espacio y circunstancia, pero me parece que alguna institución, no sé si el sindicato de locutores o quién, debería haberle proveído alguna ayuda, ofrecerle cobijo, tenderle una mano, ampararlo en ese duro momento de su vida que sufrió, acrecentada la dureza de ese tiempo, si reparamos en su edad. Tenía ochenta y seis años y más allá de análisis sociales, debates de qué se debería hacer con la gente grande que se encuentra en estas circunstancias y conclusiones sobre cómo y por qué Marthineitz llegó a esa situación extrema, de esa triste manera, me parece que tendría que existir una fundación, un edificio del estado, una institución, algo que contemple y resguarde a las personalidades que han trabajado por nuestra cultura. Los actores la tienen y los futbolistas también. Ya sé que muchos podrán pensar y decir que si Guerrero Marthineitz había llegado a dormir en la calle, era su responsabilidad por el o los motivos que sean, pero dejando de lado los por qué, el Estado Nacional, la Ciudad de Buenos Aires o alguien debiera contemplar esto que menciono como una falla del sistema.
No siempre lo que nos sucede es lo que queremos, muchas veces somos responsables de lo que nos pasa, pero también existen falencias a nivel social que en algún momento tendríamos que solucionar. Mi afecto, comprensión y sensibilidad a Diego Guerrero. Mi cariño, mi respeto, mi admiración y mi afectuoso recuerdo a Hugo Guerrero Marthineitz.

1 comentario:

  1. Un gran homenaje de tu parte para uno de los más grandes de la radiofonía. Felicitaciones!! Te felicito por tu excelente redacción y claridad para transmitir sentimientos.
    Franco

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