
Cada tanto siento la necesidad de escribir algo más que cosas de mi trabajo y profesión, porque, aunque la música sea mi vida, también soy una persona que mira, siente y se preocupa por lo que pasa en nuestro país y el mundo en general. Muchos seres queridos, con buena intención, me aconsejan no mezclar lo artístico con lo que pienso de la realidad, pero la verdad es que no creo que expresarse como ciudadano sea interponer las cosas. Me duele la injusticia, la falta de empatía, la corrupción, el maltrato hacia quienes más necesitan apoyo: jubilados, trabajadores de la salud y la educación, personas con discapacidad, enfermos complejos, laburantes de todos los días. Me duele porque también soy parte de esta sociedad y no solo me importa lo mío, sino, también, lo de los demás. Sé que nada de lo que opine va a modificar algo de lo que me resulta equivocado, pero, por lo menos, lo siento como un desahogo. Compartir mis pensamientos tiene un significado simple y franco, que es acompañar, casi desde la candidez, a los que coinciden conmigo en ideas y sensibilidades. No lo hago para confrontar, ni para dividir, al contrario, hablo sin agresiones y con total respeto; y, además, porque creo que un artista también tiene derecho a involucrarse, a expresarse, a levantar la voz, a pesar de aquellos que estigmatizan y sentencian. Muchos deciden callarse y mirar para otro lado como si nada ocurriera, yo hablo desde la emocionalidad y honestidad intelectual con la que siempre me entregué, y como soy parte del pueblo que elige a quienes gobiernan, creo que, también, el mismo pueblo debe reaccionar cuando existen inmoralidades, abusos o cinismos. No para pelear, sino para despertar, porque un país no cambia solo desde arriba; también evoluciona y se modifica cuando su gente deja de aceptar lo que no corresponde y lucha para que el futuro sea distinto, diferente y mejor. La esperanza empieza en cada uno de nosotros y para eso hay que despertar, porque cuando un pueblo despierta, ningún poder, sea el que sea, puede apagarlo.


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