MOTIVO

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martes, 28 de enero de 2014

MEDIOCRIDAD CADA VEZ MÁS MEDIOCRE

Lamentablemente, desde hace un largo tiempo ya, la mediocridad nos asedia cada día, un poco más. El nivel de capacitación, calidad profesional y relación humana, se ha ido (¿o venido?) deteriorando desde hace unos cuantos años a esta parte con gran fluidez y preocupante relevancia.
Un gran porcentaje de lo que mayormente vemos en televisión está salpicado por la vulgaridad, falta de respeto y chabacanería, circunstancia que nos invade cotidianamente sin reaccionar; Lo que es peor aún, nos vamos acostumbrando a esto, viendo y escuchando conductores, animadores o supuestos formadores de opinión que se comen las eses al hablar, utilizando un vocabulario grosero, limitado, pobre, además de variados supuestos modismos que rozan lo ordinario, como una suerte de comunicación cercana al espectador, más ‘canchera’ y según ellos creen o les hacen creer, como una forma más próxima de encontrar una identificación con el hombre común, trabajador o la mujer ama de casa que está en su hogar observándolos.
Esta mediocridad abarca no solo al mundo televisivo y radial, donde también somos asistentes auditivos de personas con dudosa cultura general, que intentan llevar adelante segmentos propios en el éter acompañados de su rusticidad y tosquedad formativa, sino también en la gráfica, donde mayormente, de manera histórica, los periodistas que la integraban eran destacados profesionales que enaltecían la escritura, la expresión y su sobresaliente redacción. Hoy, tristemente, debemos aceptar el pobre nivel instructivo de una enorme cantidad de supuestos entendidos en la materia que ocupan espacios en los medios, dejando bastante que desear, muy alejados intelectualmente de aquellos comunicadores de décadas pasadas, muchos de los cuales hicieron historia.
En la publicidad, herramienta preponderante en los tiempos que corren, ya que todo o casi todo comienza a tener significativa entidad a partir de su promoción, marketing o comunicación masiva, también influye marcadamente en esta suerte de desdichada realidad en vulgar retroceso que vivimos, porque la creatividad ha ido mutando en dirección a burdos golpes de efecto que en muchos casos rozan el mal gusto, la chabacanería y falta de ética.
Me he criado en un hogar donde la publicidad siempre fue habitual, tema central y hasta eje familiar, podría decir, porque mi padre era un respetado y exitoso publicista, creador de una importante empresa publicitaria de nuestro país, de quien aprendí que la publicidad vende algo más que solo productos, vende valores, imágenes, conceptos y todo eso requiere de una responsabilidad, un compromiso y seriedad. En cierta medida, la publicidad actual nos dice permanentemente quiénes somos y quiénes debemos ser, directa o subliminalmente, y es casi una obligación de los creativos publicitarios emplear la sensatez en sus mensajes, apreciación bastante ausente en los anuncios y avisos que vemos hoy en día.
La mezquindad y el retroceso cultural no solo son patrimonio de los medios de comunicación sino que en otras actividades también se vislumbran descensos sociales, pero prefiero concentrar mi reflexión en el ámbito que me toca de cerca y que afecta tangiblemente el mundo que me rodea a nivel profesional.
El hecho puntual de estar rodeados de mediocridad hace que los mediocres comiencen a ocupar espacios de peso y valor que anteriormente desempeñaban personas con mayor capacidad y aptitudes. Los directivos de canales de televisión, empresas de radiodifusión, compañías discográficas, diarios y revistas, en un gran porcentaje, son aquellos que han logrado esas ubicaciones destacadas por habilidad comercial, conexiones sociales, relaciones laborales, simpatías, amiguismos, conveniencias, etc. y no por idoneidad, talento y suficiencia de trabajo. Es un problema cada vez más exteriorizado y demostrado, que justamente produce un bajo nivel de exigencia y aprobación, motivo por el cual se origina un vacío difícil de modificar. De allí que por ejemplo, vemos atrocidades escritas en los ya famosos ‘videographs’ (placas de color con títulos, subtítulos, frases y hechos) que sirven como pie de apoyo a infinidad de programas de TV o errores de información, tergiversación de lo expresado e inclusive ‘inventos’ que se transforman en ‘realidad’ tras la repetición insistente de panelistas, postulantes a serlo y portales de internet desparramando por el ciberespacio el contenido en cuestión.
Mi amigo Gustavo Lutteral, instruido y avezado periodista, un erudito en cuanto a música se refiere, leído, ilustrado y experimentado hombre de los medios desde hace más de 30 años, dice que una de las cosas más interesantes que tiene la comunicación es la sorpresa y que es fundamental para hacerle honor a la profesión, la honestidad y creo que son dos elementos que se han ido diluyendo, o por lo menos, devaluando, ya que los comunes denominadores que hoy rigen a las producciones de los ciclos y a sus integrantes son la reiteración, la poca moderación, la indecencia, el impudor, la desfachatez, la desvergüenza, el escaso respeto, el constante enjuiciamiento y un alto grado de incultura.
Una vieja frase, repetida a lo largo de las épocas, dice: “Los pueblos tienen los políticos y los Gobiernos que se merecen” y me pregunto si esta afirmación se podría adaptar a tal situación, anteponiendo un signo de interrogación: “¿Cada pueblo tiene los medios que se merece?”. Una respuesta, un poco más abarcativa, sería que detentamos muchos años de indigencia mediática y esa carencia nos fue menoscabando cultura, quizás, y eso a su vez, nos fue coartando educación y un pueblo sin buena enseñanza es más fácil de controlar. Por eso creo que en un enorme porcentaje, nosotros somos los responsables de ir cediendo, de habituarnos, adaptarnos a esta circunstancia y solo nosotros corregiremos el camino, aquí en nuestra bendita Argentina y en gran parte de Latinoamérica, porque esta coyuntura es coincidente en muchos otros países de América también.
No hace falta inundar los medios solo con argumentos poéticos, temas instructivos y formativos, ni asuntos didácticos o educativos, simplemente, plantearse seriamente una transformación, aunque sea una intención de cambio, para que dejemos de recibir casi obligatoriamente el torbellino de mediocridad que nos asecha y podamos disfrutar de otras cosas un poco más interesantes sin perder el entretenimiento y la diversión, pero con un poco más de consideración por los que intentamos ofrecerles algo mejor a nuestros hijos más que las notas de ‘color’ en los noticieros, alguna hermosa mujer con buenas tetas como mayor atractivo, devenida en corresponsal y simples ‘fans del espectáculo’ convertidos en ‘Señoras’ y ‘Señores’ periodistas.
Insisto, si no rectificamos nosotros nuestro comportamiento, permitiendo que nuestros niños vean y escuchen cualquier cosa a cualquier hora, ya sea por comodidad o habituación, va a ser cada vez más difícil de rectificar el trayecto que nos arrastra a la mediocridad más mediocre.

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