
A veces no es enojo lo que uno siente, sino vergüenza. Vergüenza de ver cómo la política, que debería ser una herramienta para mejorar la vida de la gente, se transforma en un espectáculo de confrontación, soberbia y distancia con la realidad. No importa de qué lado se esté: cuando se pierde el respeto, cuando se banalizan los problemas profundos de la sociedad y cuando el poder parece más interesado en imponerse que en escuchar, algo se rompe. Y lo que se rompe no es solo la confianza en un gobierno, sino en la política misma. Argentina no necesita gritos, ni insultos, ni divisiones constantes. Necesita sensibilidad, diálogo y grandeza. Necesita dirigentes que entiendan que detrás de cada decisión hay personas, historias, esfuerzos y sueños. Pero también hay algo que no se puede ignorar: la esperanza no es infinita. La paciencia de la gente tiene un límite. Y cuando ese límite empieza a alcanzarse, el clima social se vuelve cada vez más frágil. La perversión, el cinismo, la corrupción y el odio no conducen a nada bueno. Ojalá no lleguemos a un punto de quiebre. Nadie quiere un desenlace doloroso. Pero es imposible no sentir que se está empujando a la sociedad hacia un lugar peligroso. Por eso, más que nunca, hace falta responsabilidad, conciencia y humanidad desde quienes tienen el poder. Porque cuando la paciencia se agota, lo que sigue no suele ser bueno para nadie. Ojalá no sigan tirando de la cuerda y recapaciten... aunque por las acciones y los perfiles, pareciera algo bastante difícil de lograr.


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