
No pretendo hacerme el pensador, ni el filósofo de nada. Soy apenas un artista, un laburante de la música que, como tantos otros, está cansado de ver cómo nos acostumbramos a vivir entre la indiferencia, la mediocridad, el cinismo y la falta de humanidad. Duele e irrita ver cómo se naturaliza la mentira, la agresión y el odio. Y como se premia al que no respeta valores, al que no tiene ética, al que es deshonesto, ni sostiene su palabra. Cómo tantos sueños, talentos y esfuerzos quedan arrumbados mientras avanza una sociedad cada vez más fría, más egoísta y más vacía de sensibilidad. A veces me pregunto, sinceramente, cómo seguir adelante sin que el alma se desgaste. Cómo sostener la pasión, la fe y las ganas en medio de tanta decepción. Pero también siento que callarnos ya no sirve. No para entrar en peleas inútiles ni para señalar culpables desde un pedestal. Simplemente para reaccionar. No sé si sirve de algo compartir este tipo de publicación, no lo sé... Sí creo que deberíamos reaccionar ante este cambio rotundo de prioridades erradas; volver a mirarnos a los ojos, recuperar algo de empatía, de verdad, de respeto por el otro y por nosotros mismos. Porque si terminamos aceptando todo como si nada pasara, entonces lo que se pierde no es solamente la dignidad de un país… también se pierde el espíritu y el alma de la gente, que somos nosotros mismos. Y yo, todavía, me resisto a perder eso.


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