
Vivimos tiempos complejos, en un mundo cada vez más condicionado por algoritmos, contenidos virales, noticias falsas y una exposición de la intimidad que parece no tener límites. Muchas veces, lo banal ocupa el centro de la escena, mientras lo auténtico, lo sensible y lo verdaderamente importante quedan relegados a un segundo plano. No se trata de rechazar todo lo nuevo ni de idealizar el pasado. Se trata de poder adaptarnos a los cambios sin sentir que debemos renunciar a nuestros valores, nuestros códigos y nuestra identidad para ser aceptados. Después de 42 años dedicado a la música, sigo creyendo en el valor de las canciones, en la sensibilidad artística y en el vínculo genuino con quienes eligen escuchar mis temas simples, sencillos. Me preocupa sentir que, para pertenecer a determinados círculos de difusión, pareciera necesario prestarse a situaciones o dinámicas que no me representan. Pero tener visibilidad no es lo mismo que tener algo valioso para decir, y quedar afuera de ciertos circuitos mediáticos no significa quedar afuera de la música. Quiero seguir aprendiendo, utilizando las nuevas herramientas y encontrando maneras de acercarme al público, pero sin convertir mi intimidad en un espectáculo ni adoptar códigos ajenos a mi forma de ser. A veces siento tristeza y desconcierto ante esta realidad, y me pregunto si algunas cosas que hemos perdido podrán recuperarse. Sin embargo, también sé que lo que más se ve no es todo lo que existe: todavía hay sensibilidad, talento, autenticidad y personas que buscan algo más que ruido y entretenimiento pasajero. Quizás no podamos cambiar el rumbo de esta época, pero sí podemos decidir desde dónde participar de ella, qué preservar y qué clase de vínculo queremos construir con los demás. No quiero renunciar al presente ni vivir aferrado al pasado. Quiero encontrar mi lugar en este tiempo sin dejar de ser quien soy. Porque después de tantos años, mi relación con la música sigue siendo, ante todo, una cuestión de identidad, de convicción y de libertad.


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