
El cipayismo no comienza cuando se admira a otro país; comienza cuando se desprecia el propio. No hay nada reprochable en reconocer virtudes ajenas, pero sí hay algo profundamente triste cuando una dirigencia pierde el sentido de pertenencia y actúa como si la Nación que gobierna fuera apenas una sucursal de intereses extranjeros. Los pueblos dignos pueden equivocarse, atravesar crisis o sufrir derrotas, pero conservan algo irrenunciable: el respeto por sus símbolos, su historia y su soberanía. Cuando ese respeto se diluye, aparece una forma de servidumbre que no necesita cadenas ni ejércitos. Es una sumisión cultural y política que lleva a algunos a creer que todo lo propio vale menos y que todo lo extranjero merece reverencia. El cipayo no es quien dialoga con el mundo, es quien se arrodilla ante él; no es quien coopera con otras naciones; es quien renuncia a defender la suya. Y lo más preocupante no es la existencia de dirigentes con esa mentalidad, sino la indiferencia de una sociedad que termina acostumbrándose a gestos que, en otro tiempo, habrían despertado un rechazo inmediato. Una patria no se pierde solamente por invasiones o derrotas militares, también puede herirse o deteriorarse cuando se instala la idea de que el orgullo nacional es un defecto, que la soberanía es una molestia y que la identidad propia debe ceder ante la admiración servil por poderes externos. Allí es donde el cipayismo deja de ser una actitud individual para convertirse en un tema complejo y colectivo. Amar a la patria no implica odiar a otros pueblos; significa, simplemente, no aceptar que la dignidad nacional sea negociada, relativizada o humillada; porque un país que deja de respetarse a sí mismo termina enseñándoles a los demás que tampoco deben respetarlo. La patria no es una ideología, ni un gobierno de turno. La patria es la memoria de quienes nos precedieron, el esfuerzo de quienes hoy transitamos el presente y la esperanza de quienes vendrán más adelante. Por eso duele tanto verla humillada y duele aún más, la indiferencia de quienes ya no perciben la ofensa. En fin... tristísima realidad que nos toca atravesar y que, en algún momento cercano, ojalá se revierta.


No hay comentarios:
Publicar un comentario